Ifigenia
Ifigenia Alberto Palacios, marido de Mercedes, es muy simpático y, como ella, tiene mucho mundo y mucho don de gentes. Noté, sin embargo, que no obstante su galantería y amabilidad exterior, le habló varias veces a ella en un tono que tenía cierto matiz de brusquedad, lo cual me hizo pensar: «Abuelita y tía Clara, deben tener razón al decir que la trata muy mal, y ¿cómo puede tratarse mal a una criatura tan llena de todos los encantos y de todos los atractivos?».
Resumiendo mi impresión debo decir que anoche pasé un rato verdaderamente encantador. Desgraciadamente, no sé cuándo volverá a repetirse. Por mi parte, yo lo repetiría todas las noches. Sí… ¡qué ambiente delicioso se respira allá en la casa de Alberto y de Mercedes! No parece sino que con los cuadros, los tapices, y las porcelanas de Sévres se hubiesen traído también, para llenar su casa, aquel divino ambiente que sólo me fue dado respirar algunos días, durante mi última y cortísima permanencia en París.
¡Ah!, me olvidaba de un detalle curiosísimo. Y fue, que ya al momento de marcharnos, mientras Mercedes había ido a buscarme la ofrecida miniatura, tío Pancho se acercó a Gabriel Olmedo, que se hallaba junto a la puerta de salida algo alejado de mí y le preguntó a media voz:
—Bueno, ¿y qué te ha parecido mi sobrina, Gabriel?