Ifigenia
Ifigenia —Tu sobrina, Pancho —contestó él, más o menos en el mismo diapasón—, es la tentación bÃblica del ParaÃso, encerrada en el más divino cuerpo de Grecia. Espero, sin embargo, que yo sabré resistir al embate de la tentación, y que no caeré en el pecado de enamorarme de ella. Mi libertad, Pancho, no la sacrifico yo ni aun a los preciosos pies de esa muñeca sobrina tuya. Pero llévatela, sin embargo, sÃ, llévatela pronto, hazme el favor, y escóndela donde yo no la vea más, que es propio de sabios y de prudentes el evitar las tentaciones.
Este diálogo llegó perfectamente a mis oÃdos a pesar de que yo, en aquel instante, parecÃa estar profundamente abstraÃda, contemplando un óleo copia de Greuze que representa una muchacha abrazada a un perrito. Las anteriores palabras, sorprendidas a distancia, son una de las razones por las cuales opino que el tal Gabriel Olmedo, a más de trigueño y corto de talle, es un ser pretencioso, imbuido de sà mismo, que habla de la importancia de «su libertad» como si fuese algún pueblo o nación. En el fondo no parece poseer más cualidad que la de no tener mal gusto, y la de ser acertado en sus apreciaciones.