Ifigenia

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Anoche, cuando, ya de regreso, tío Pancho se despidió de mí, yo, sola, en la quietud de la casa donde todo dormía, me quité el abrigo que me había puesto para atravesar la calle, y bajo el fresco de la noche, en pleno patio de entrada, junto a palmas y rosales, apoyada en uno de los pilares, me di a mirar y a sentir la infinita serenidad del cielo. Y así, mirando la Luna y mirando las estrellas, tuve grandes deseos de echar a volar en el divino espacio para irme lejos, no sé dónde, lo mismo que se van las palomas mensajeras. Y con los ojos siempre fijos hacia arriba, pensé en el volar glorioso de los que tienen alas, pensé en la frase que había dicho Gabriel Olmedo sobre su libertad, y pensando en las alas, y pensando en la adorable libertad, y pensando en la frase de Gabriel Olmedo, sin saber bien lo que decía, me puse a decir así entre irritada y ansiosa:

—¡Su libertad!… ¡Su libertad!… ¡Ah!; si creerá él que yo no aprecio la mía… La aprecio, sí; la aprecio muchísimo… la aprecio tanto, pero tanto, que la próxima vez que venga a verme tío Panchito, yo también le diré: «¡Mi libertad, tío Pancho, no la sacrificaré yo jamás a los pies de un hombre que tenga los tobillos gruesos! Porque has de saber, tío, que yo odio los tobillos gruesos y me repugna muchísimo el pelo negro azabache, sí; me repugna tanto como me gusta mi libertad».


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