Ifigenia
Ifigenia Y una vez tomada esta firme resolución, frente a los rosales del patio, y bajo la inmensidad de lo infinito, resolvà por fin venirme a acostar porque la noche de ayer era muy fresca, y mi vestido de tafetán de Persia es demasiado escotado, para estar al sereno sin abrigo.
Pero hoy en la mañana, me he puesto a reflexionar… Ahora pienso: Si la próxima vez que venga tÃo Pancho, yo le hiciera la anterior declaración acerca de mi libertad, es segurÃsimo, que al oÃrme él, se reirá a carcajadas y me contestará en medio de su risa:
—¡Pobre MarÃa Eugenia! ¡Si tu libertad no existe! ¡Ni tu libertad existe ahora, MarÃa Eugenia, ni ha existido antes, ni existirá jamás! Tu libertad es un mito; sÃ; es una de las muchas fantasÃas o aberraciones, que se agitan en tu cabeza. Por consiguiente, me parece mejor que no alardees tanto sobre el particular.
Naturalmente que yo, en caso de oÃr semejante impertinencia, no me quedaré callada, sino que contestaré al punto indignadÃsima:
—¡Te equivocas, tÃo Pancho, te equivocas! ¡Mi libertad existirá en el futuro tan cierto como existe hoy la luz del sol! Y si no, dime: ¿quién, quién puede prohibirme a mà el dÃa que yo cumpla veintiún años que me vaya de esta casa, si es que asà se me antoja, y me contrate en ParÃs, Madrid, o Nueva York, como bailarina, cupletista, o actriz de cinematógrafo?…