Ifigenia

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A lo cual Abuelita, de estar presente, soltará al instante la costura o lo que quiera que tenga entre las manos, se quitará los lentes y exclamará espantada:

—¡Por Dios, María Eugenia, no hables así! ¡Eso no debes decirlo tú ni de broma!

Y tía Clara por su lado opinará también:

—¡Esas, esas, son las ideas que sacas de tus conversaciones con Gregoria, y de los libros inmoralísimos que debes leer cuando estás encerrada con llave, allá, en tu cuarto!

Y es muy posible, que entre en sospechas y una mañana mientras yo me encuentre en plena «réverie» acostada sobre el baúl de tío Enrique, tía Clara y Abuelita vengan a mi cuarto en son de pesquisa, hagan un registro, den con las novelas «inmorales» que tengo escondidas en el doble fondo de mi armario de luna, y resulte de todo ello un horrible disgusto.

Por esta razón me parece muchísimo más prudente, no mencionar mi libertad delante de tío Pacho. Y también por esta razón, me he encerrado hoy en mi cuarto desde muy temprano y escribo… escribo… escribo… ¡Ah, tía Clara, eso es lo que tú no sospechas! Cuando estoy encerrada en mi cuarto, no leo, no; ¡escribo todo aquello que se me antoja, porque el papel, este blanco y luminoso papel, me guarda con amor todo cuanto le digo y nunca, jamás, se escandaliza, ni me regaña, ni se pone las manos abiertas sobre los oídos!…


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