Ifigenia

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—¡Me quieres encerrar en San Nicolás, Abuelita, como en las cárceles de una inquisición para que me convierta a ese culto de la familia, cuyo único dios es tío Eduardo; pero no me convertiré jamás aunque me achicharres en un auto de fe, porque no creo en esa religión, porque no me gusta su dios; y porque además tengo ya escogido el mío! Sí; tengo mi dios, Abuelita, y mal que te pese, es precisamente un extraño, lo adoro ya con toda mi alma, y en su doctrina se le rinde culto a cierta trinidad que en mi opinión es la más amable de todas cuantas presiden religión alguna. Me llevarás a San Nicolás, Abuelita, pero allá sólo podrás encerrar mi cuerpo, mi espíritu no lo encerrarás nunca, nunca, porque como un pájaro se subirá todos los días a las ramas, se plantará horas y horas en los hilos del teléfono, volará sobre los cerros, se lanzará sobre barrancos y ríos, trotará por encima de los tejados, y se vendrá a cantar como un gorrión, en los aleros del patio de Mercedes. Allí, por las noches, de ocho a once, con sus ojos invisibles, verá todo cuanto quiera, y quizás pronto, muy pronto, cuando tú menos lo pienses, sobre esas débiles alas de gorrión se traerá volando a mi cuerpo también, porque me casaré… ¡ah! sí, me casaré con Gabriel, y cuando esto ocurra tú, tío Eduardo, María Antonia, mis primos, y la misma tía Clara, se quedarán sorprendidísimos y tomarán todos aquella actitud espantada y algo ridícula que toman los cazadores, cuando volando por sobre sus cabezas, sus perros, sus escopetas y demás tren de cacería, se les ha escapado una presa!…


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