Ifigenia
Ifigenia —¡Oh! vieja y generosa acacia que me quitas el sol y que te adornas noche y dÃa, con las flores que te pone la bellÃsima; tú que conoces esta maldad de los bejucos, que se enroscan al corazón como las sierpes del remordimiento; tú que has llevado con nazarena paciencia la cruz de tantos abrazos espinosos y estériles; tú que eres buena porque tiendes la mano compasiva a los desvalidos que te imploran, y como Santa Isabel de HungrÃa, tienes después tu caridad convertida en flores sobre el regazo; tú, que derramas maternalmente el cariño de tu sombra sobre los que te aman y los que te aborrecen; tú que todo lo sabes porque tienes la experiencia de muchas primaveras; dime, vieja y generosa acacia: ¿florecerá algún dÃa mi enredadera como floreció tu bellÃsima?…