Ifigenia

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CAPÍTULO VI

Un aguacero, una carta, y una tarde viajera, que cual un camino, se desliza, serpentea y se pierde en el pasado.

HOY HA LLOVIDO, ha llovido con mucha algazara de gotas, un gran aguacero corto de verano. El aguacero ha pasado ya, el campo sediento se ha bebido toda el agua, y ahora, con su inmenso perfume de tierra mojada, parece dar gracias al cielo entonando las alabanzas del Señor, en este perfume, que se levanta majestuoso hacia las nubes, trepa a todos los montes, y danza alegremente sobre todos los átomos como en uno de aquellos regocijados salmos del salterio de David.

No he podido salir hoy de paseo debido a esta lluvia que lo ha mojado todo. Estoy sola en mi cuarto. A través de la ventana abierta, por entre los calados de la rama de acacia, miro el paisaje, contemplo el favor del cielo en el agua caída sobre el campo, siento en el olfato esta alegría inmensa de la tierra agradecida, y sin envidia ni maldad ninguna, desde mi tristeza, desde esta sequía de mi alma donde no ha llovido aún, canto yo también la alegría del agua, como en el horno encendido cantaron su gran himno de alabanza los tres jóvenes cautivos del Cántico de Daniel:

«Aguas todas que estáis sobre los cielos, fuentes, mares y ríos, rocíos y escarchas, hielos y nieves: ¡bendecid al Señor!».


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