Ifigenia

Ifigenia

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Recuerdo que no bien oí las primeras frases, mientras María Antonia hablaba todavía, tomé de la mesa mi copa de agua, y me la bebí entera pensando: «Así me estoy bebiendo el veneno de esta evidencia que me mata». Luego, fijé los ojos en el jarro de cristal lleno de vino tinto, y también pensé: «Así es la sangre que me está goteando del alma en este segundo; pero como el jarro, la guardaré, en mis entrañas, y nadie verá su mancha derramada en ningún sitio, no, ¡nadie ha de verla nunca!…». Acabé de almorzar inconsciente, sorda y muda, perdida en mi desolación sin más fuerza positiva que la fuerza de mi orgullo que me poseía toda, como si viniera de una influencia exterior y desconocida…

Después lloré, y he llorado mucho, muchísimo, en dos días… ¡Ahora conozco ya el voluptuoso desgarramiento del dolor, de este horrible dolor que está hecho de celos, de humillación y del adiós definitivo de la muerte!

Y como si mi pena no fuese bastante grande, hay otra todavía que ha venido a aumentar su inmensidad…

¡Ah! ¡el día de ayer fue el día negro de mi vida!

A cosa de las cuatro de la tarde, cuando encerrada y sola estaba entregada a lo más hondo de mi desconsuelo, vinieron a decirme que Mercedes me llamaba por teléfono.


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