Ifigenia

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Al escuchar el aviso, me lavé los ojos quemados por el llanto; salí de mi encierro, y fui corriendo a atender a Mercedes.

Su voz lenta y ritmada como una caricia, me habló de cosas ajenas a mi tristeza, y aunque tampoco yo nada le dije, desde el primer instante sentimos una suave corriente de emoción porque las dos supimos que sabíamos… Ella me dio su pésame en la suavidad de la voz, y luego de expresarme así toda su gran simpatía, mientras yo experimentaba un temblor de lágrimas en todo mi ser, continuó diciendo con la misma voz de caricia:

—… Oye, María Eugenia, te he llamado hoy especialmente porque quiero participarte una noticia y ponerte en cuenta de un proyecto; pero desde ahora te advierto: ¡no acepto que me digas que no!… El mes que viene me embarco para Europa: ya está decidido. Alberto ha sido nombrado cónsul en Burdeos, pero como tiene asuntos que ventilar en París, yo me instalaré de fijo, en París, mientras él compartirá su tiempo entre el consulado y los negocios. Tiene grandes esperanzas en los tales negocios… piensa ganar mucho dinero… tú lo conoces… pero yo me he puesto tan escéptica que en nada, nada creo…

Aquí hubo una pausa y la voz siguió más suave, más condolida, más maternal:


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