Ifigenia
Ifigenia —¡Ay Mercedes, eso me faltaba ahora!… ¡que también tú te me fueras! ¡Piensa si yo tendré deseos de acompañarte! Pero creo que es inútil el proponerlo siquiera y desde ahora te digo: ¡no cuentes conmigo!…
Pero Mercedes insistió y yo sin fe ninguna, presintiendo de antemano la humillación de la negativa, ofrecà hablar a Abuelita.
Ayer mismo lo hice. Abuelita me escuchó con cariño, y con lástima me contestó algunas frases evasivas, y me dio a entender que aun cuando en principio le resultase inaceptable, iba sin embargo a deliberar con calma sobre la proposición de Mercedes.
—SÃ… Va a consultar a tÃo Eduardo —pensé yo—. Mañana vendrá la negativa rotunda.
Pero anoche mismo me habló. Borrada ya la anterior compasión, con la fortaleza de espÃritu, y la unidad de sentimientos que da la convicción neta del deber, Abuelita me hizo un largo sermón lleno de consejos en el cual me demostró la imposibilidad absoluta de aceptar la invitación de Mercedes. Alberto era un hombre sin respetabilidad ninguna, la misma Mercedes tenÃa ideas muy libres, un concepto de la vida muy erróneo, yo era muy impresionable, una niña de mi edad era delicada como un cristal que de nada se mancha y de nada se quiebra… ella no podÃa de ninguna manera aceptar semejante locura… obrarÃa, contra su conciencia, contra su deber de madre.