Ifigenia
Ifigenia Envuelta otra vez en el kimono, y envuelta en el convencimiento feliz de mi belleza, me vuelvo a la hamaca, me balanceo en la hamaca, y como aquel primer dÃa en que me sentà agobiada por el espectáculo de mi pobreza absoluta, me pongo a pensar de nuevo, y de nuevo me pregunto con ansia y con susto qué cosa grande y terrible es esta del amor que nos espera siempre, y nos asedia en todas partes con sus garras abiertas…
¡Ah! ¡el amor… el amor!… ¿Por qué preguntárselo al balanceo de la hamaca?… ¡Si lo he sentido ya!… ¡si es esta tragedia subterránea y callada sobre la cual todos pasan su indiferencia, como se pasa sobre el suplicio macabro del que enterraron vivo… sÃ… sÃ… ¡a qué engañarme!… ¡si ya lo conozco!… es esta brasa siempre chispeante y encendida, es esta quemadura dolorosa y ardiente, que me hace sentir el dolor terrible de la carne y me pone a pensar con ansia y con infinita nostalgia, en el dulce silencio de la nada!…