Ifigenia
Ifigenia Hay momentos que tendida en la hamaca, mirando por la ventana la trémula compañía de mi acacia, me doy a repasar con la memoria todas las andanzas de mi vida; recuerdo las oscuras predicciones que una vez, allá en Biarritz, leyó en mi mano cierta famosa adivina; acabo por adquirir la convicción espantosa de que mi sino es un sino fatal, y, entonces, pienso con tristeza en el acierto grande que hubiera sido, el que este cuerpo mío, tan lindo y tan desgraciado, no hubiera nacido nunca. Ceñida como estoy dentro de mi kimono de seda negra, al formular este renunciamiento a la vida, me levanto de la hamaca, voy a mirarme en el óvalo alargado del espejo; y allí me estoy un largo rato inundada en el placer doloroso de contemplar mi rostro, tan fino, tan puro de líneas, tan armonioso, tan triste… ¡sí, tan triste y tan perdido para el objeto de sus ansias!… Pero no obstante, allí mismo, delante del espejo, cuando de golpe, atrevida y pagana, agarro por fin los dos bordes del kimono con los dedos, y estiro los brazos, y bajo los brazos, el kimono abierto, se vuelve como un ala de murciélago tendida tras el milagro purísimo de mi cuerpo; entonces, deslumbrada y feliz, me miro en los ojos, y mis ojos y yo nos sonreímos juntos largamente, en plena satisfacción, porque comprendemos que a pesar de todo el sufrimiento y de toda la humillación, soy yo, ¡yo! quien delante de Gabriel triunfará para siempre en este torneo de su amor. Me digo que su novia, esa María Monasterios, no podrá jamás compararse conmigo dentro del gusto de Gabriel, que me encuentra linda, divina, porque él mismo me lo ha dicho, yo lo he visto, y Mercedes, que tanto sabe de estas cosas, me lo ha asegurado también… y así, ante el espejo, sonriéndole a mi belleza, con el delicioso sentimiento de mi superioridad, olvido un instante el infierno de los celos, me río en voz alta con risa de desdén al pensar en la trivial figura de esa María Monasterios, desprecio a Gabriel que no ha podido hacerse una vida independiente y brillante sin sacrificar el placer exquisito que hubiera sido yo para él, y entonces, pensando en todos los años de juventud que me aguardan, florezco de nuevo en la esperanza, y me digo que Gabriel es solamente una forma de las múltiples y eternas formas que para embriagar la fiesta de mi juventud ha tomado un instante este divino vino del amor…