Ifigenia
Ifigenia En primer término, debo declarar que he perdido ya completamente aquel criterio anárquico, desorientado y caótico, que, como decía con tanta razón Abuelita, constituía una amenaza y un horrible peligro para mi porvenir. Resultante, o prueba palpable de que he perdido semejante criterio, es el comprobar que ahora, ya no me pinto la boca con Rouge éclatant de Guerlain, sino que me la pinto con Rouge vif de Saint-Ange, cuyo tono es muchísimo más suave que el del Rouge éclatant de Guerlain; jamás me siento sobre una mesa sino siempre, siempre, en las mecedoras, sofás, sillas o taburetes, según las circunstancias; nunca se me ocurre el tararear y muchísimo menos el silbar canciones picarescas, que son indecencias propias de café concierto, indignas de ser entonadas por la boca de una señorita; evito asimismo muy cuidadosamente todo género de interjecciones, aun aquellas que parecen inocentísimas como es la francesa «¡sapristi!» y las castellanas «¡canastos!,» «¡caray!» y «¡caramba!», pues estoy convencida de que en el fondo no son sino hipócritas sinónimos de otras peores; nunca voy al corral a conversar con Gregoria, acostada en el baúl de tío Enrique, sino que hablo con ella de pie, el solo tiempo preciso y necesario para dar alguna orden relativa a la ropa, y esto, generalmente, tiene lugar en la cocina o segundo patio; no leo novelas cuyas heroínas tengan amantes, palabra que, dicho sea entre paréntesis, no menciono ni escucho mencionar jamás, sino cuando María Antonia la pronuncia colocada entre dos nombres propios, debidamente escandalizada y por haberla descubierto o presentido ella en la vida real y corriente.