Ifigenia

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Y mi voz al hacer esta réplica, humillada todavía en el suelo, tomó una entonación tan sumamente patética, que Abuelita debió sentirse muy conmovida, puesto que accedió a mi deseo por primera vez en la vida respondiendo:

—Cuando tienes un capricho, María Eugenia, te ciegas con él y no sabes lo que dices. ¡Qué terquedad la tuya! Creí que te habías corregido, pero veo con tristeza que todo eran ilusiones. Bien, yo te entregaré el dinero y tú harás con él lo que quieras porque he resuelto no discutir más contigo. Pero ya verás, ya verás, la cuenta que te darán las lavanderas del trousseau de seda!… ¡entonces te acordarás de mí, pero desgraciadamente ya no tendrá remedio!

Y no hay para qué añadir que fue aquel mismo día en la tarde, cuando escribí a Mercedes Galindo, rogándole que me escogiese un trousseau completo de seda rosa pálido con calados y bordados blancos «tal y como si fuera para ella misma».

Ahora bien, yo no sé por qué causa, a mi novio le ha disgustado muchísimo, el que yo encargase mi trousseau a París. Cuando llena de alegría le di la noticia, él la recibió con gran frialdad y por todo comentario dijo:

—Espero que los vestidos no serán escotados, porque en ese caso los perderás. ¡Yo no consentiré nunca que mi mujer se escote!


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