Ifigenia
Ifigenia Luego de navegar tres días en la carabela de su propia experiencia, María Eugenia Alonso acaba de hacer un descubrimiento importantísimo.
YA NO PUEDO RESISTIR por más tiempo a la absoluta necesidad que tengo de expresar el siguiente aforismo cuya verdad se desborda de mi alma:
«El amor no existe»
Sí; desgraciadamente, el amor, el florido amor, el decantado amor es: ¡nada! Como tantas otras piadosas mentiras su brillo deslumbrador no es sino el brillo de un espejismo que fulgura a lo lejos en este árido desierto de nuestra vida. Desde que he descubierto tan cruel verdad, desprecio profundamente la existencia humana, y preferiría una y mil veces haber nacido roca, lago, o abismo, cosas todas que siendo eternas, inmóviles y grandiosas, tienen la ventaja de no aburrirse jamás y de no poseer la ridícula pretensión de aspirar al amor, que como he dicho ya, no es más que una utopía, un Eldorado, y un fuego fatuo.
Y como no es nada probable el que Abuelita, o cualquier otra persona se venga de puntillas a leer por encima de mi hombro lo que pienso escribir aquí, cosa que me llenaría de la más horrible confusión, voy a explicar la causa por la cual he llegado al conocimiento tristísimo y deprimente de que el amor no es nada, o más claro todavía: de que el amor es menos que nada, y muchísimo peor que nada.
