Ifigenia
Ifigenia Una de las razones por las cuales defendà tan acaloradamente a Mercedes Galindo la otra noche, fue en agradecimiento al gran cariño que puso para escoger mi trousseau, porque ha llegado desde hace ya algunos dÃas… ¡y es una maravilla mi trousseau!… Todo, absolutamente todo, es de crespón de china rosa, con calados y bordados blancos tal cual yo lo habÃa soñado… Cuando lo tengo guardado en mi armario de luna, la finura de la seda bien doblada lo pone tan pequeñito, que yo a veces, con la sola intención de verlo, abro la hoja de mi armario de luna… tras la hoja, se viene primero un olor de sedas de ParÃs que es una gloria, y después, tras el olor, como si fuera un jardÃn de rosas, aparece sembrado en una sola tabla, todo el jardÃn de rosas de mi trousseau. Yo lo contemplo un largo rato ordenado asÃ, en diminutas hileras, hasta que de pronto, por el gusto de mirarlo crecer, por el gusto de que me llene el cuarto con su olor de ParÃs, y por el gusto de sentir que es mÃo, desbarato las hileras, y pieza por pieza, lo voy extendiendo todo sobre el amor de mi cama. Y es tanto lo que él crece y lo que se multiplica, que para recibirlo entero, mi cama, parece que se alarga de alegrÃa, parece que se mueve, parece que camina, y por fin, mi cama cargada con mi trousseau, es un arroyo que tiene ondas, y remansos, y cascadas, y remolinos, y espuma de seda de color de rosa. A veces, de tanto mirarlo, me dan ganas de bañarme en el arroyo, y sin pensarlo más, como el crespón no se arruga, me quito en un segundo mi kimono, me extiendo sobre la cama, y tomo un baño de seda. Pero un instante después, siento que voy a estropearlo, y me levanto de prisa, me instalo a la turca hacia los pies de la cama, lo aliso con cariño, y pieza por pieza vuelvo a doblar mi lindo baño de rosas. Mientras lo voy doblando, como está todo revuelto y a montones, clareando el edredón azul, esponjado a pedazos, subido hasta las cimas de las almohadas blancas, lo miro un largo rato frente a mÃ, y allá, en la cabecera de mi cama, bajo el ensueño de mi cortina de punto, mi trousseau revuelto y en desorden, me recuerda entonces esos rincones de cielo cuando un ocaso le pone aquellos disparates y aquellos caprichos de jirones de niebla, con jirones de nubes blancas, y nubes rojas, y un lunar muy encarnado que es el sol, y un celaje más claro, y muchas, muchas nieblas de crespón rosado, que se transparentan y se pierden por un cielo tan azul como el azul de mi edredón.