Ifigenia

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Pero así como me gusta mi trousseau para mirarlo puesto sobre la cama, no sé por qué, no me gusta mi trousseau para mirármelo puesto sobre mi cuerpo. Y no es que me quede mal, no: ¡me queda maravilloso! Me queda tan bien, pero tan bien de color, y tan bien de forma, que un día que tía Clara se empeñó en que debía probármelo, al ponerme la primera camisa que era un imperio muy corto, tía Clara, se quedó al punto extasiada, y ella que nunca me dice bonita, juntó las dos manos, se estuvo callada un instante, y luego exclamó con muchísimo escándalo:

—¡Pero qué lindura!… ¡Si pareces un mismo botón de rosa, María Eugenia!

Y también Gregoria la lavandera, para verme con mi camisa rosada, asomó en aquel momento su lanuda cabeza por detrás de los barrotes de mi ventana y acompañando las palabras con aquellas carcajadas suyas que dicen tantas cosas que no se pueden decir, aseguró que no había visto nada más precioso, y que ella misma me lavaría siempre mi ropa de seda, para que ninguna otra lavandera ordinaria viniera a cometer el crimen de estropeármela.




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