Ifigenia

Ifigenia

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¡Ah! ¡La muerte!… No es el silencio quien camina en la noche, no, ¡mentira! es ella… es la muerte… ¡sí! ¡la muerte!… Y los relojes son los únicos que tienen oídos para escuchar sus pasos… Por eso los repiten siempre a todas horas. Pero en el día los repiten y nadie los oye, y los repiten en la noche, y en la noche, en medio del silencio, los oyen estos oídos que velan a los enfermos…

¡Ah, el horrible boquete de ese postigo!… ¡Qué misterio tan frío, qué misterio tan húmedo y tan negro!…

Me he levantado de mi silla y lo he cerrado. En su lugar he entornado la puerta del comedor; y ahora el reloj hace mucho más recio que antes: tic, tac; tic, tac; tic, tac… También esta hoja, la de su cuarto, está a medio abrir y su respiración va caminando a compás, como el tic-tac del reloj… Parece que caminaran juntos… por más que no… la respiración va más de prisa… ¡no!… va más despacio… no, no, va más de prisa… ¡Ah! viejo reloj del comedor, ¡ya eres tan viejo, que no sabes medir bien la premura de los pasos con que camina la muerte!…




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