Ifigenia

Ifigenia

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Ahora, he vuelto a levantarme de mi silla, y por centésima vez he empujado suavemente la hoja entornada de su puerta. Sobre la blancura de la almohada su cabeza sigue inmóvil y dormida en medio de esa respiración angustiosa que corre… corre… como si no saliera de su cabeza inmóvil. Parece el caballo jadeante de algún viajero que, en el instante mismo en que ya va a llegar, tiene muchísimo empeño por llegar, y corre… corre… corre… sin poder ya más.

¡Ah! ¡Pobre tío! Y cómo recuerdo ahora sus ratos de extenuación cuando entraba a la casa de Abuelita y tan desencajado y tan cetrino, me decía al sentarse:

—Tráeme unas gotas de brandy, María Eugenia, a ver si me pasa esto…

Y yo le llevaba las gotas de brandy; él se las tomaba, y al momento las manos frías le entraban en calor, los ojos apagados se le animaban un poco, y comenzaba a bromear con todos sin hablar ya de su fatiga y sin decirle a nadie que estaba enfermo. Pero recuerdo que cuando se levantaba para irse, se levantaba encorvado; arrastraba los pies como si llevara en los hombros algún peso terrible, y así, muy poco a poco, se venía caminando hasta su casa… ¡su casa!… ¡Pobre tío Pancho! Su casa era esta casita húmeda y angosta, donde no hay luz eléctrica, sino en dos habitaciones, y donde los cuartos, en lugar de tener papel, tienen esta cal tan blanca en las paredes.


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