Ifigenia

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Sí… ¡qué pobre, qué pobre era tu casa, pobre tío Pancho!…

Pero… ¿qué importa ya? Con la misma velocidad con que se va ahora corriendo, sobre esa fatiga desbocada, se iría también si en lugar de la casa pobre tuviera un palacio, y si en lugar de tener cal en las paredes, las paredes tuviesen, todavía, aquellas tapicerías que, según dice Abuelita, eran una maravilla en la espléndida casa de los viejos Alonso.

En su casa húmeda, pobre y angosta, lo mismo que si fuera en un palacio, tío Pancho se muere ya irremisiblemente. Anoche al despedirse el doctor me lo dijo por segunda vez:

—Es cosa de unos días. Pueden ser dos, cinco, diez, pero no hay esperanzas ni hay remedio. Primero ese letargo, ese estado comatoso, y después ¡la agonía! Trataremos de que sufra lo menos posible.

Desde el primer momento en que le dio el ataque, Abuelita ha querido que me viniera de un todo a la casa de tío Pancho, y al despedirse me dijo:

—Que no le falta nada, María Eugenia. Aquí estoy yo para mandar cuanto se necesite. Y tú, cuídalo con muchos extremos y con el mayor cariño: ¡acuérdate que es lo último que te queda de tu padre!


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