Ifigenia

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Fui yo quien inició aquella larga y singular conversación. Porque ocurrió que una vez que Gabriel me hubo desmanchado el dedo, mientras flotaba en el ambiente un suave olor de agua colonia, sentada junto a él, me di a considerar a tío Pancho, con aquel gran sentimiento de unción y de tristeza, y cuando más convencida estaba de que Gabriel lo miraba también, descubrí que sus ojos, en vez de mirar a tío Pancho, me estaban mirando a mí, con una expresión tenaz, profunda y turbadora, que en la penumbra y en el silencio del cuarto me asustaba y me cohibía como la amenaza de algo que puede venir y no se sabe qué es… Entonces, por distraer de mí aquellos ojos de Gabriel, le pregunté muy quedo, indicando a tío Pancho con la vista:

—¿Sufrirá?…

En efecto, separando de mí los inquietantes ojos, Gabriel contempló un segundo la dolorida cabeza de Cristo y contestó:

—Ahora no sufre nada. La acción del narcótico lo tiene en estado de inconsciencia y de absoluta insensibilidad.

—Pero cuando se despierta debe sufrir, porque entonces nos mira, y nos conoce… ¡pobre tío Pancho! Y en esos momentos de lucidez, Gabriel… ¿comprenderá que se muere?…

—¡Quizás! —respondió Gabriel. Y la palabra salió rozando sus labios como si fuera un suspiro.


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