Ifigenia

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Y tía Clara, sentada en el sofá, con su velo caído en punta sobre la espalda, y el pañuelo muy apretado en los ojos, lloró amarguísimamente durante mucho rato. Al verla así, yo también comencé a llorar con mi pañuelo, y Gabriel calmándonos a ambas lo mejor que podía, por su lado, exhalaba también de vez en cuando unos suspiros muy hondos. Es claro que él no suspiraba por las deficiencias del corazón de Abuelita, sino por la tristeza y por el desamparo inmenso de su vida, que tan afligido lo tiene y que tanto lo pone a clamar por la muerte.

Y naturalmente, como la unión en la tristeza es tan íntima, hoy en la mañana, Gabriel, tía Clara y yo sentados en hilera sobre el sofá de reps, éramos en el alma unida de la tristeza, como una sola alma unida que tuviese tres cuerpos. Y Gabriel desde entonces, estuvo más dulce y más suave y más hábil que nunca en la asistencia de tío Pancho. Por eso yo, confiada y tranquila, pensando a cada rato: «¡Qué bueno es Gabriel!» por muchas veces, en el continuo entrar y salir de tía Clara y la enfermera, me estuve sola con él, sentados los dos muy unidos, y muy cerquita, y sin decir más palabras que aquel suspirar continuo del uno y del otro, que era en el silencio del cuarto, como el guiar y el contestar de algún rosario de pena, que en lugar de rezarse con avemarias, se reza con dos suspiros por cuenta.


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