Ifigenia

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—¡Ay, María Eugenia, María Eugenia! ¡Qué cierto es aquello de que una desgracia nunca viene sola!… ¡Tú no sabes lo que tenemos en casa!… ¡Tú no sabes!… ¿Te acuerdas de los vértigos que le daban a mamá? ¿Te acuerdas cómo te dije ayer que había sufrido uno muy largo, que me había alarmado mucho, y aquí mismo, delante de ti, hablé después con el doctor, para que fuera a examinarla hoy? Pues ahora fue, la vio, la auscultó muy bien y me dijo que eran deficiencias en el corazón, que ya no funciona con regularidad. Yo, naturalmente, alarmadísima, le pregunté si era cosa de mucho cuidado, y él… ¡Ay!… ¿sabes lo que me dijo él?… Pues dijo: «Sí, es grave, pero no de una gravedad inmediata; podrá vivir así, hasta dos o tres meses». ¡Figúrate, María Eugenia, cómo me quedé yo!… ¡Dos o tres meses, María Eugenia, dos o tres meses!… ¿y después?… ¡después!… ¡Ay ¡Señor, Señor, qué soledad! ¡Dame resignación!… ¡Y qué cierto es, Dios mío, que en tus sabios designios, nunca nos mandas una desgracia sola!







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