Ifigenia

Ifigenia

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—Pues, porque mi vida ya no tiene objeto, y ahora sólo deseo muy ardientemente: ¡morirme!

—¿Morirse?… le dije yo muy espantada, y muy sentida. ¡Morirse!… ¡Vaya! ¡Cuando tiene tantos medios de ser feliz! Otros, otros hay más desgraciados, Gabriel, y no se quejan.

Pero él contestó:

—Desgraciado como yo, no hay más que yo.

Y con su cara triste se quedó callado y mustio hasta que llegó tía Clara.

¡Ah! era tía Clara sí, era tía Clara quien había de traer hoy la gran ración de tristeza. Al entrar en el cuarto, tía Clara, sin quitarse velo ni quitarse nada, temblorosa y pálida, se sentó de golpe en el sofá cerca de mí y poniéndose el pañuelo apretado en los ojos, mientras la voz surgía muy apagada y los pobres dedos flacos y nudosos se estremecían de dolor sobre el pañuelo, me dijo entre sollozos, que más que decir era llorar con llanto de palabras:


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