Ifigenia
Ifigenia —Para lo que sirve el demonio de la doctora ésa! ¡Si es de lo más torpe y de lo más inútil que he visto! ¡Y tan antipática!
También yo la encuentro muy torpe, muy inútil, y creo que en realidad se podrÃa prescindir de ella. Además, tiene el tacto de hablar cuando no debe. SÃ, decididamente, esta pobre enfermera es lo que se llama «una persona de sangre pesada». Pero después de todo, hoy en la mañana, sà llegó muy a tiempo, porque yo no querÃa de ningún modo estar sola con Gabriel.
Como si fuera cosa de presentimiento, Gabriel hoy amaneció tristÃsimo. Tengo para mà que no durmió un segundo en toda la noche. Y asÃ, ojeroso y triste, delante de la enfermera me dijo muy quedo varias frases, pero tan humildes y tan dolorosas acerca de su vida desamparada, que a mÃ, francamente, me partieron el corazón, y poquito a poco, le fui perdiendo aquel miedo de ayer, y ya, al fin, acabé por tenerle, no mucho miedo, sino muchÃsima lástima.
Recuerdo por ejemplo que mirando a tÃo Pancho, me dijo varias veces con los ojos brillantes que se le arrasaban en lágrimas:
—¡Ojalá fuera yo él!
Y cuando ya lo repetÃa por segunda o tercera vez le pregunté diciendo:
—¿Y por qué asÃ, Gabriel?