Ifigenia
Ifigenia … Me parece, que aquí, junto a mis oídos, escucho todavía aquel suave murmullo, que ayer al comenzar la mañana, comenzó también a bullir y a agitarse allá, en la pobre casita triste, llena de flores y de sillas negras. Era el entierro de tío Pancho que se movía suavemente. Lo sentí agitarse cerrado en la tumba de aquel cuarto angosto. Poco a poco el negro revolotear fue creciendo en apagada bulla, creció, creció en suave cuchicheo, y por fin cargado con su carga se fue piadosamente camino del cementerio…
Gabriel también se fue tras el entierro por el mismo camino…
Escuché la despedida amorosa, que junto a mi puerta me tejieron sus pasos en el suelo. Cuando se apagaron todos los pasos, y se apagó al rumor lejano de los coches rodando por la calle, sentí abrirse horriblemente sobre el dolor de mi piel, la tumba fresca de mis dos muertos, y ya, huérfana y libre, envuelta en una capa, a hurtadillas, abrí la puerta, salí del cuarto cerrado, y sin advertir a tía Clara ni despedirme de nadie, tomé un coche que pasaba por la calle, y, ocultando mi fuga, me vine al presidio de esta casa virtuosa y severa.