Ifigenia
Ifigenia Al entrar, frente a la puerta, junto al arroyo de palmas y de helechos, sentada en su sillón de mimbres encontré a Abuelita… Ella, mirándome aparecer inopinadamente tan temprano se sorprendió, y yo, por mi lado, viéndola a ella, me sorprendà también con una sacudida dolorosa. En el cansancio mortal de su fisonomÃa, en aquel cansancio de muerte por el cual tÃa Clara habÃa llorado copiosamente dos dÃas antes, me pareció ver reflejada como en un espejo la misma agonÃa que a mà me mataba el alma. Y fue la propia boca de Abuelita la que expresó mi pensamiento, cuando en medio de su sorpresa, queriendo describirme su impresión, se describió ella misma:
—¡Qué desencajada estás, MarÃa Eugenia, hija mÃa, qué desencajada estás! ¡No pareces ni tu sombra, pobrecita, cómo te habrás desvelado y cuánto habrás sufrido para quebrantarte asÃ… Pero ahora, que ya se acabó todo, vete a descansar, mi hija, vete, vete, a descansar tranquila…