Ifigenia
Ifigenia Y mientras asà decÃa, Abuelita me abrazaba llorando dulcemente por la muerte de tÃo Pancho. Yo también la abracé en silencio, pero sin derramar una lágrima. Luego, siguiendo su consejo, automáticamente me vine aquà a mi cuarto; automáticamente, también, abrà esa puerta, y cuando abrà esa puerta… ¡ah! cuando abrà esa puerta, todos los objetos familiares aquà presentes, todos, todos estos amigos Ãntimos que me quieren de veras, al mirarme regresar tan pálida, y tan pobre, levantando los brazos me gritaron a una:
—¡Habiendo tenido el universo entero entre las manos, te nos vienes sin nada, MarÃa Eugenia!…
Y yo, horrorizada, por no verles gritar mi enorme crimen de amor, cerré la luz del postigo, cerré los ojos, me acosté en la cama, y lloré de desesperación las lágrimas más amargas y más hondas que en los paroxismos del sacrificio hayan podido llorar nunca ojos humanos.
Y sin dormir, en mi desesperación, llorando y llorando esperé muchas horas.
Primero fue la llegada de tÃa Clara. Al oÃr a lo lejos el timbre de su voz que hablaba con Abuelita, corrà donde se hallaba. Ella, mirándome entrar, cortó sus comentarios y me reprochó: