Ifigenia
Ifigenia —¡Pero qué conducta la tuya, MarÃa Eugenia! Me has dejado avergonzada. Ni me advertiste que te venÃas, ni te despediste de nadie, ni siquiera de Gabriel Olmedo a quien tantos favores debemos… Cuando regresó del cementerio y me preguntó por ti… francamente, no supe qué decirle. ¡Ni siquiera le diste las gracias, MarÃa Eugenia! ¡ni las gracias!
Y emprendiendo otra vez sus interrumpidos comentarios, tÃa Clara empezó a encomiar la conducta de Gabriel. Pero yo, en plena ansiedad mortal, con la propia voz de mi decaimiento, la interrogué muy débil:
—¿Y qué fue lo que te dijo, tÃa Clara?
Y como tÃa Clara sin atenderme siguiese en su letanÃa de elogios, yo entonces, con un grito desapacible e imperioso repetà muy exaltada:
—¡Que me digas lo que te dijo, tÃa Clara!
Ella, extrañada, me miró un instante sin contestar nada. Luego volvió a reprocharme asÃ:
—¡Jesús, qué modo de hablar! ¡O son nervios o es muchÃsima malacrianza, pero qué modos, qué modos tienes!… Pues no dijo nada ¿qué iba a decir? Fui yo misma quien le comprendà en la cara lo muy sentido que estaba por tu desatención. Creo que debÃas llamarlo hoy o mañana para disculparte, y darle las gracias.
¡Ah! ¡las gracias! ¡las gracias!