Ifigenia
Ifigenia Y de nuevo me volví a mi cuarto, y de nuevo, tendida en la cama, lloré por la espantosa miseria de mi deber cumplido. Pero mientras iba llorando, a través de mis lágrimas, llena de fe, esperaba… esperaba… ¡yo no sé lo que esperaba! Y como la fe perfecta es capaz de remover montañas, lo que esperaba llegó por fin milagrosamente muchas horas después, al caer de la tarde…
Al caer de la tarde, en la oscuridad de mi estancia, la puerta cerrada se entreabrió, y sobre un hilo de luz, la voz de María del Carmen vibró solemnemente como la voz de una pitonisa al anuncio de un prodigio:
—Señorita María Eugenia, acaba de llegar un sirviente que viene a darle un recado personal.
Al escuchar el anuncio, sacudí de un golpe todo mi sufrimiento, y ya, segura de mí y segura de lo que iba a acontecer, triunfante, atrevida, luminosa, me levanté gloriosamente de la cama lo mismo que se levantaría de entre los muertos un cuerpo resucitado. Y cuando un instante después, en la puerta de entrada, unas manos me tendieron un sobre sellado con lacre, mientras, una voz me decía:
—De parte de Don Gabriel Olmedo.