Las memorias de Mama Blanca

Las memorias de Mama Blanca

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—¿Tú crees, Daniel, que él está muerto y bien muerto? ¿Tú crees, Daniel, que él ya no tiene remedio? ¿Tú crees, Daniel, que Nube de Agua lo sabe? ¿Tú crees, Daniel, que por eso está mugiendo? ¿Tú por qué no lo llamas, Daniel, ah? ¿Tú por qué no gritas ¡Nube de Agua!, a ver si él se menea? ¡Grítale Daniel, anda, qué te importa! ¿Por qué tú no le gritas, pues?

Las respuestas de Daniel, lacónicas y negativas al no dejarle resquicio a la esperanza, nos destrozaban el corazón. Convencidas de lo irremediable, aceptamos por fin la dura ley. Fijos los ojos en Nube de Agua, la mirábamos intensamente, sin pestañear, y cuando alzando de nuevo su cabeza insistía ella en implorar los poderes supremos:

—¡Muuuuuuuu!

Nosotras exclamábamos en tono desgarrador:

—¡Ay, Daniel! ¡La pobre!

Si en lo referente a la inmovilidad de Nube de Agüita Daniel no daba esperanzas, en lo que concernía al dolor de Nube de Agua, se mostraba, en cambio, todo optimismo:

—¡Déjenla, déjenla! Que llore hoy bastante, que se desahogue, que pase su día de duelo. Yo la consuelo mañana, ustedes verán, no se angustien, ¡los muertos se olvidan!


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