Las memorias de Mama Blanca
Las memorias de Mama Blanca Paternal y previsor, aquel mismo día, armado de un cuchillo y demás enseres indispensables, Daniel despojó de su cuero el cadáver de Nube de Agüita, a fin de convertirlo, ¿en qué creerán ustedes?, en un disfraz de consuelo. A la mañana siguiente empapó el triste despojo en salmuera, y así con aquel traje descosido, salado y corto, tan semejante a la amplia vestidura maternal: el mismo color rojizo bajo el mismo collar, la misma faja y los mismos guantes blancos; con aquel traje descosido y tieso que ostentaba semejanzas conmovedoras, Daniel vistió un becerro extraño. Cuidando que la burda impostura quedara al alcance de ojos y boca de la dolorosa, amarró una de sus patas delanteras al becerro disfrazado. Ella, muy conmovida luego de haber olfateado la amada apariencia, tanto por consolar su alma cuanto por deleitar su lengua, cambiando ilusiones por leche, se dio a lamer y relamer la salmuera que impregnaba el despojo adorado. Como los idealistas, se complacía en el engaño y en la sal, símbolo del pensamiento; como tantos infortunados amantes besaba en un cuerpo extraño el alma para siempre ausente. Entretanto, el feliz disfrazado, heredero universal del desaparecido, a más de ponerse su vestido, se tomaba con fruición toda su ración de leche.