Las memorias de Mama Blanca
Las memorias de Mama Blanca A poco, para postre o complemento, para que nada faltara, conversando con uno de nuestros antiguos peones, recibimos una fúnebre noticia: Vicente Cochocho ya no estaba en la hacienda, porque según toda probabilidad, ya no estaba en el mundo. Luego de haber regresado ileso y triunfante de aquel su postrer alzamiento, una madrugada, tal cual era su inveterada costumbre, se había ido a buscar alguna hierba o a llevar algún recado a los revolucionarios. Quizás fue una celada que le tendieron, lo cierto fue que de su excursión misteriosa y mañanera Vicente no regresó.
El peón que nos refirió el doloroso suceso, entre encogerse de hombros y estirar de labios con horrible naturalidad, terminó enunciando las siguientes hipótesis:
—Cómo perderse, él no era hombre que se perdía. O le dio de repente algún mal, o lo mandó a matar a traición un enemigo. ¡Pobre Vicente! Él, que enterró a tantos; él, que era tan «curioso» ¿se acuerdan?, para fabricar las urnas; en el monte se quedó tendido sin urna ni nada, desbarrancado o enfermo, o mal herido, ¡quién sabe cómo!, se lo comieron los zamuros.
Nuestro almuerzo, que tuvo lugar junto al agua sobre la hierba vecina, huérfana del cují, fue silencioso y fúnebre. Poco se habló, nada de risa. El pan, el pollo y los huevos duros también sabían a tristeza.