Las memorias de Mama Blanca

Las memorias de Mama Blanca

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Mamá tenía razón, debemos alojar los recuerdos en nosotros mismos sin volver nunca a posarlos imprudentes sobre las cosas y seres que van variando con el rodar de la vida. Los recuerdos no cambian y cambiar es ley de todo lo existente. Si nuestros muertos, los más íntimos, los más adorados, volviesen a nosotros después de muchos años de ausencia y arrasados los árboles viejos hallasen en nuestras almas jardines a la inglesa y tapias de mampostería, es decir, otros afectos, otros gustos, otros intereses doloridos, nos contemplarían un instante y discretos, enjugándose las lágrimas, volverían a acostarse en sus sepulcros.

También nosotras, terminado el almuerzo, todas de acuerdo quisimos regresar a nuestro coche.

Un instante después, sacudidas por el saltar de las ruedas en los baches del camino, ante el lento pasar de árboles y cruzar de recuas, estalló por fin, sin trabas, nuestra necesidad de expansión.

—¡Ay Mamaíta! —dijo alguien declamando con inmenso dolor—, para ver cómo nos cortaron el cují y cómo nos quitaron todito el corralón y para que después vinieran a decirnos que al pobre Vicente Cochocho se lo comieron los zamuros, ¡más vale que nunca hubiéramos venido!

Mamá respondió entre dos bruscos saltos del coche y dos profundos suspiros:


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