Las memorias de Mama Blanca
Las memorias de Mama Blanca Ante aquellas palabras que habían ido zumbando de derechas hacia la verdad, como sus famosas pedradas hacia frutas, yo me quedé muda sin saber qué contestar. ¿Cómo explicar, en efecto, al alma salvaje y neófita de Violeta, el placer altísimo que encerraba el mundo de los símbolos cuando yo misma lo olvidaba todos los días? Humillada y pobre de razones, opté por recoger mis tesoros en silencio. Mientras tanto, Violeta, posada en un solo pie, como una garza, se alejaba saltando y remedando en música, para mayor escarnio, el estribillo de mi cuento:
Esta es una Blanca Nieves…, ésta era una Negra Nieves…, ésta era una bocabierta…
En adelante, cuantas veces mi corazón desbordante de generosidad necesitó expansiones, fue a buscarlas modestamente en la fácil atención de Estrella y de Rosalinda, mis hermanitas menores. Aunque menos brillantes, era aquél un público lleno de suavidad y de indulgencia. Si sus aplausos no colmaban de un todo mi ambición, mi amor propio estaba seguro de salir satisfecho, o por lo menos de salir ileso.
IV