Las memorias de Mama Blanca
Las memorias de Mama Blanca Como consecuencia de los mencionados disimulos, esfuerzos y sacrificios con que Mamá encubría mi pelo liso, yo había acabado por edificar sobre las hebras de mi cabello mi criterio moral, el cual, como el de toda mujer honesta o bien nacida, era sólido y estricto. Mi pelo en su forma natural, o sea sin encrespar, resultaba a mis ojos una especie de desnudez y si yo veneraba mis crespos era sólo por pudor, aun cuando ustedes no lo crean.
Para mejor explicarme diré que gracias a los principios que sin ella saberlo me había inculcado Mamá, a los cinco años, mi honor, contra lo establecido, no dependía de ningún otro lugar de mi persona, sino que dependía de mi cabeza. Allí había echado sus sólidos cimientos, allí vivía, allí se ocultaba huraño y púdico. Llena de virtud yo lo hubiera defendido heroicamente hasta la muerte. Animada del mismo sentimiento sagrado, Mamá parecía respetarlo y hacerlo respetar aún más que yo. Voy a demostrarlo.