Las memorias de Mama Blanca

Las memorias de Mama Blanca

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Al reclamo de tan desgarradores lamentos la habitación comenzó a llenarse de espectadores. Todas las personas de la casa vinieron, asustadas o curiosas, a averiguar lo ocurrido. Llegó primero Aurora; detrás de Aurora, cogidas de la mano, llegaron Estrella y Rosalinda, mi querido auditorio que nunca se separaba; una a una fueron llegando las tres cuidadoras o estado mayor; llegó después Altagracia, llegó Jesusita; empujada por la multitud, llena de majestad e indiferencia, llegó Marquesa, llegó por fin Aura Flor en brazos de su criadora; llegó, en una palabra, todo el que podía llegar. Sólo faltaba Papá, que se encontraba en el trapiche y Candelaria, cuyo mal humor la tenía generalmente amarrada a su fogón, como al perro la cadena corta. Aquel drama nunca visto, ustedes no lo comprenderán quizás, era terrible. Violeta exaltada en su trono de ignominia, se restregaba los ojos con las dos manos cerradas, las lágrimas rodaban abundantes y una boca inmensa en la cual hubiera podido caber todo el dolor del mundo, se abría, arrojando gritos ensordecedores y mostrando sin amor propio y sin pudor hasta lo más hondo de la garganta. El público al aumentarse aumentaba de un modo cruel la intensidad dramática. El suplicio, al hacerse público, tomaba el cariz humillante de la degradación. Puedo decir con entera propiedad que en aquel día trágico conocí todo el horror de los autos de fe. Mamá, instalada al pie del escritorio o cadalso, por asumir una actitud cualquiera, se había puesto a tejer. De tiempo en tiempo levantaba la cabeza y repetía inclemente:


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