Las memorias de Mama Blanca

Las memorias de Mama Blanca

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El auto de fe seguía su curso cruel. En su inclemencia Mamá era el gran inquisidor; Evelyn era el verdugo: yo, el infame delator, y Violeta, la desarmada Violeta, el pobre hereje que se achicharraba ante las miradas infamantes del público, cómplice también y también verdugo. Yo reconocía la parte que me correspondía en la tragedia, y mi corazón lleno de remordimiento sufría horrores. Sentía una ternura inmensa hacia toda la persona de Violeta. Sus pobres zapatitos flamantes recién mudados por Evelyn, suspendidos y resignados en el vacío como dos ahorcados, destilaban dolor ante sus ojos; sus rodillas me parecían unas huérfanas abandonadas; el vestido limpio, las puntillas frescas y rizadas de los pantalones, un botón aún sin abrochar sobre su pecho, eran objetos mudos que iban acrecentando mi conmiseración, aumentando, aumentando mis remordimientos, hasta que por fin, mis ojos, al fijarse más arriba, descubrieron una cosa espantosa y ya no pude más. Al compás de los sollozos de Violeta, la media luna cárdena de mi mordisco subía y bajaba sobre su cuello mártir redimido por las lágrimas, y, lo repito, ya no pude más: me venció el remordimiento. Yo también abrí una boca enorme, yo también levanté el pecho para dar salida a los sollozos que se atropellaban; yo también me puse las dos manos cerradas en los ojos, y yo también prorrumpí con todo el brío de mis pulmones y de mi arrepentimiento:

—¡¡Aaaay!! ¡Ayayayayay!


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