Las memorias de Mama Blanca

Las memorias de Mama Blanca

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—A ver, Evelyn, si ya pasó la hora. Ya debe haber pasado.

Y guiñó un ojo, cosa que vimos todas muy bien a través del cristal amarguísimo de nuestro llanto. Evelyn salió unos segundos y regresó diciendo:

—Ya pasó.

—¡Ya pasó la hora! —tuvo que gritar Mamá para vencer el tumulto—. ¡Ya puede bajarse Violeta!

Pero fue como si no hubiese gritado nada. Entregadas a la impetuosidad del llanto que corría caudaloso a gran velocidad, nadie pensó en detenerlo: como todo vértigo, tenía su encanto. ¡Ah, pero Mamá sabía atraerse las multitudes! Llena de habilidad, mientras Evelyn procedía piadosa al descendimiento de Violeta, ella retrocedió unos pasos hasta llegar a la puerta del cuarto, extendió sus dos brazos sobre la tempestad y con la voz potente de los buenos oradores acudió a este recurso supremo:

—Ahora, niñitas, óiganme todas: la primera que llegue hasta aquí sin llorar se viene a bañar conmigo en el chorrerón de la molienda que van a soltar ya, ¡porque son las once!

¡Santa palabra! El llanto general se volvió general regocijo. Los rostros, aún empapados de lágrimas y aún trémulos de sollozos, exclamaban atropellándose los unos tras de otros:

—¡Yo la primera, Mamaíta, yo la primera!


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