Las memorias de Mama Blanca
Las memorias de Mama Blanca Contesté yo en coro con Violeta. Mamá en silencio volvió a su tejido, pero empezó a comprender que su obra la sobrepasaba. Su justicia desencadenada iba subiendo como la marea y amenazaba sumergirla con tejido y todo. En efecto, al verme llorar a mí, contagiada de conmiseración, Aurora, la dulce Aurora, cuyos siete años están impregnados de maternidad, se puso a llorar en silencio. Viendo que Aurora lloraba, Estrella y Rosalinda, por espíritu de imitación y por amor a Aurora, rompieron a llorar las dos juntas a grito herido. Ante aquella epidemia de llanto, tan trágico en el fondo como cómica en la superficie, todas las sirvientas se pusieron a reír. Era a cuál más se torcía y más se sacudía de la risa. Aumentado así el escarnio, el coro de nuestro llanto arreció. Entretanto Aura Flor, del bando de las sirvientas, asociadas a la risa de su criadora, batía el aire con sus puños cerrados, saltando, gruñendo y babeando de regocijo, mientras Marquesa movía su rabo y olfateaba cariñosa a derecha e izquierda, a fin de averiguar la causa de tanto dolor. El barullo era horrible. La única impávida parecía ser Mamá, pero estoy segura de que también ella tenía unas ganas violentas de romper a llorar. Decididamente su obra descomunal la sobrepasaba. No tenía ya más remedio que naufragar dentro de su justicia, y naufragó en efecto, pero naufragó con elegancia. Dominando la ensordecedora gritería de llantos y de risas, se volvió hacia Evelyn diciendo: