El brillo de las luciérnagas
El brillo de las luciérnagas Una noche, mientras las bombillas desnudas oscilaban ligeramente, creando sombras temblorosas, el niño notó algo nuevo: una luciérnaga brillaba en el rincón más oscuro del sótano. Era un milagro diminuto, una chispa de vida en un lugar donde nada parecÃa cambiar jamás. Cautivado, la atrapó con un frasco y observó su parpadeo hasta quedarse dormido. Al dÃa siguiente, otras luciérnagas habÃan aparecido, como si fueran mensajeras de algo más grande.
—Son mágicas —le dijo su abuela, sus manos temblorosas acariciando el bote—. No hay criatura más maravillosa que la que puede crear su propia luz.
Esa luz despertó algo dentro del niño, un anhelo de escapar, de entender por qué estaban allÃ, de encontrar una verdad que parecÃa escondida tras las miradas de su familia y las paredes del sótano. Pero cuando intentó abrir la puerta una noche, su padre lo detuvo.
—¿Qué crees que haces? —gruñó, con un tono que hacÃa vibrar las sombras. —Solo querÃa ver si estaba cerrada… —Esa puerta no te llevará a ningún lugar que valga la pena.
El niño, con la mirada fija en el suelo, notó algo: una pequeña gota de luz que se colaba por debajo de la puerta. Y por primera vez, pensó que su padre estaba mintiendo.