El brillo de las luciérnagas
El brillo de las luciérnagas Las luciérnagas seguían iluminando el frasco en su rincón, pequeñas guardianas de una verdad que aún no comprendía. “¿Qué hay allá afuera?” , pensó, mientras el peso de las paredes lo aplastaba un poco más con cada día que pasaba.
Las noches en el sótano siempre eran densas, llenas de un silencio pesado que hacía que cualquier sonido pareciera un grito. Pero ahora, los ecos se sentían diferentes. Desde el nacimiento del bebé, las conversaciones se detenían bruscamente cuando el niño entraba a la habitación. Sus padres susurraban en la penumbra, y su hermana, con su máscara blanca, permanecía aún más distante, como si estuviera ocultando algo que la consumía.
Una noche, cuando las luces titilaban por un fallo en la electricidad, su madre se acercó a él mientras jugaba con el frasco de luciérnagas.
—No te preocupes por las cosas que no entiendes —dijo, con un tono tan suave que casi no era audible—. A veces, es mejor dejar ciertas preguntas sin respuesta.
El niño no respondió. Había algo en la forma en que su madre lo miraba, como si estuviera escondiendo un miedo que no quería compartir. Pero los murmullos continuaban en las esquinas del sótano, y cada noche se sentían más fuertes, más cerca.