El brillo de las luciérnagas
El brillo de las luciérnagas Una madrugada, mientras todos dormían, el niño escuchó pasos. Descalzo, se arrastró por el suelo frío hasta la puerta del cuarto de su hermana. Estaba entreabierta, dejando escapar una franja de luz tenue. Espió a través del hueco y vio a su padre, sentado junto a la cama de su hermana, hablando en voz baja.
—Tienes que ser más cuidadosa —dijo su padre con firmeza—. Si el niño empieza a preguntar demasiado… —No quiero que lo sepa —respondió su hermana, sus ojos ocultos detrás de la máscara, pero con una voz quebrada que el niño nunca había escuchado antes—. No quiero que lo vea como yo lo veo.
El niño se apartó antes de que lo descubrieran, pero esas palabras quedaron grabadas en su mente. ¿Quién era “él”? ¿De quién estaban hablando? Al día siguiente, intentó acercarse al bebé, pero su abuela lo detuvo.
—Déjalo descansar —le dijo, aunque su tono no era de cuidado, sino de advertencia.
Esa noche, las luciérnagas comenzaron a comportarse de forma extraña, chocando contra las paredes del frasco como si quisieran escapar. Algo estaba cambiando en el sótano, y el niño lo sentía en cada fibra de su ser.