El brillo de las luciérnagas
El brillo de las luciérnagas Poco después, oyó hablar del “Hombre Grillo” por primera vez. Fue su hermano quien lo mencionó, casi en un susurro, mientras jugaban a ensamblar formas en las sombras que proyectaban las luces.
—Dicen que aparece por las noches. Que sus patas chirrían como metal oxidado.
—¿Quién lo dice?
Su hermano se encogió de hombros, pero no volvió a mirarlo a los ojos el resto de la tarde. El niño no sabía si era una broma o un intento de asustarlo, pero esa noche soñó con un hombre extraño, con ojos brillantes y una sombra alargada que se deslizaba por las paredes del sótano. Cuando despertó, su frasco de luciérnagas estaba vacío, las criaturas habían desaparecido sin dejar rastro.
Los ecos seguían allí, susurrando secretos que no podía comprender. El sótano, su refugio, comenzaba a sentirse como una trampa. Y aunque la puerta seguía cerrada, el niño no podía evitar mirar el rayo de luz que se filtraba por debajo, preguntándose si el mundo exterior era tan terrible como decían… o si esa era otra mentira más.