El brillo de las luciérnagas
El brillo de las luciérnagas El niño no podía ignorar el vacío dejado por las luciérnagas. Eran lo único que iluminaba su rincón de oscuridad, y su desaparición dejó una sensación de pérdida que no lograba comprender. Algo dentro de él despertaba, una curiosidad insaciable que lo empujaba a cuestionar todo lo que sus padres decían.
Esa mañana, mientras ayudaba a su abuela a preparar la comida, se atrevió a preguntar:
—Abuela, ¿quién es el Hombre Grillo?
Ella detuvo el cuchillo en seco, como si el aire hubiera cambiado de golpe. Sin mirarlo, respondió:
—Solo es un cuento para asustar a los niños.
Pero el niño no creyó una sola palabra. Había algo en su voz, una tensión que nunca había escuchado antes.
Durante los días siguientes, comenzó a observar más detenidamente a su familia. Su madre, con la mirada perdida, parecía distraída, como si cargara un peso invisible. Su padre, normalmente controlado, ahora hablaba en susurros con la abuela. Y su hermana, siempre distante, comenzó a pasar más tiempo encerrada en su cuarto con el bebé, como protegiéndolo de algo.