Amadeo I
Amadeo I El Ministerio Malcampo-Candau seguía pasando el rato con un enredoso debate parlamentario sobre La Internacional. Pero el interés político no estaba en el Congreso, sino fuera de él, en los conciliábulos y recíprocas embajadas de los dos feroces bandos que se disputaban la primacía. Rompieron en terrible pelea zorrillescos y sagastorros. Cada uno de los jefes de estas dos revoltosas taifas dio al país su manifiesto. Leílos yo, y la verdad, no encontré gran diferencia entre una y otra soflama. No era obra de romanos concordarlos y hacer de los dos uno solo, que fuera cimiento en que fundar honrosas y duraderas paces… Los padres de las criaturas, que parecían mellizas, Zorrilla y Sagasta, se avinieron a nombrar un Jurado o comisión de arbitraje que examinara los dos manifiestos, y desarmándolos y volviéndolos a armar en un solo cuerpo de doctrina y conducta, creara el progresismo único y de una sola pieza, amplio terreno dogmático en que pudieran vivir y comer todos los caballeros de la orden setembrina. ¡Qué cosa más sencilla!, ¡vive Dios!, y qué facilísima dificultad!