Amadeo I
Amadeo I Apoderados de don Práxedes fueron Calatrava, el Marqués de Perales y don Cipriano Montesinos; de Zorrilla, Fernández de los Ríos y Moya (don Javier). A estos, por si eran pocos a discutir, se unieron luego otros cuantos, que no me tomo el trabajo de citar, pues para lo que hicieron vale más dejarlos recostaditos en el almohadón del olvido… Conque, manos a la obra, caballeros. Un día se reunían aquí, otro allá, y vengan consultas, vengan ponencias, vengan… Y no sigo, pues me urge decir que cuando comenzaban los finos dedos de los señores jurados a tejer aquella tela de Pentecostés (como decía un General de la época queriendo decir Penélope), recibí segunda carta de la italiana, más perfumada y más pequeña que la primera. Diómela la misma criadita en el mismo sitio, y yo, poseído de zozobra, escapé a leerla lo más lejos posible, y no pareciéndome bastante segura la distancia de la plaza del Progreso, fui a dar con mi cuerpo y mi epístola olorosa… más abajo de Antón Martín.
¡Oh, Tito, afortunado mortal! ¡La incógnita dama te indicaba calle y número… y hora para recibirte! Aventura tan bonita y novelesca no se presentó jamás a ningún nacido. Esto pensaba yo cuando me acercaba, tímido y dudoso amante, a la gruta en que la diosa se ocultaba. La misma duda aumentaba el encanto de amor. ¿Sería Graziella una hermosa ninfa, o un culebrón espantable? Pronto había de verlo.