Amadeo I
Amadeo I Ni culebrón repugnante ni hermosura radiosa. La llamada Graziella, italiana o española, debiera ser clasificada en el tipo vulgar de la escala femenina, si no le dieran valor estético las llamaradas de sus ojuelos negros, su graciosa movilidad de ardilla, y el libre chorro de su lenguaje atrevido y pintoresco… En mi primera visita, que hubo de ser corta, como simple acto informativo, de puro reconocimiento, no pude adquirir la identificación completa de mi nueva conquista, nombre, familia, lugar de nacimiento. Diome en la nariz que el nombre de Graziella era postizo, la nacionalidad dudosa, la mujer un misterio, una cifra obscura de interpretación imposible. La gruta de tan singular ninfa estaba en barrio muy distante del mío, allá por Monteleón o Maravillas. El interior era reducido y pulcro: pocas y bien arregladas estancias, gabinete coquetón y alcoba rosada. Sorprendiome el adorno de paredes, donde descollaban panderetas pintadas entre láminas de Santos y Vírgenes de distintas advocaciones, Pilar, Desamparados, Sagrario y Paloma. En peana y entre flores vi a San Antonio, el frailecito amable, indulgente patrono de las enamoradas. En la heteróclita casa vi a la mozuela que me llevara las cartitas, y mujerona que se escurría por los pasillos sin otro rumor que el de toses y carraspera. Era un anchuroso bulto de vieja, o una elefanta en dos pies cubierta de refajos…