Amadeo I

Amadeo I

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En nuestra conversación inicial, la enigmática hembra puso algo de sordina en su expresivo parlar de amores y en su liviano propósito de entenderse conmigo. «Ya ves, Tito —me dijo con donaire—, que la franqueza es mi Norte y mi Sur, mi Este y mi Aquel. Si te dijera que soy honrada, te echarías a reír. Tráeme una honradez que me dé de comer, y tendrás que santiguarte al entrar en mi casa. Yo he admirado en ti al caballero valiente, vengador de la virtud ultrajada. Eres chico y grande… Me gustaste por tu hazaña, y más me gustas ahora que te conozco… Pero entendámonos. Tú eres pobre. A mí no me hace maldita gracia la pobreza… No soy hermosa; pero no soy pava… Soy de esas feas que dan la desazón y revuelven medio mundo… Como no quiero perjudicarte, lo primero que te digo es que no dejes a tu tendera lozana y rica… La engañas un tantico, y nada más. Yo no engaño… Vivo en libertad… protegida por la Corte Celestial… Entre los santos que cuelgan de estas paredes, hay uno, que no se ve, y es mi Santo Gusto… Por el reverso de los santirulicos, andan mis diablillos, quiero decir, mis rencores y malos quereres… Has de saber que uno de mis mayores odios ha sido ese ladrón de Alberique… Algún día te contaré la trastada que me hizo, y que no pagará con cien vidas».




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